Una alarmante emergencia de salud pública mantiene en vilo a la comunidad internacional debido a que el brote de Ébola en la República Democrática del Congo continúa expandiéndose sin control por el continente africano. Diversos organismos de ayuda humanitaria admitieron con preocupación que la respuesta sanitaria global va muy retrasada y debilitada frente a la velocidad de avance del virus, lo que amenaza con desatar una catástrofe humanitaria de mayores proporciones.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) encendió las alarmas al emitir un reporte oficial donde confirma la existencia de más de 900 casos sospechosos y al menos 220 fallecimientos confirmados. La gravedad de la situación radica en que los análisis de laboratorio identificaron que el brote corresponde a la temida cepa Bundibugyo, una de las variantes más complejas del Ébola y para la cual, a diferencia de otras mutaciones, no existen actualmente vacunas preventivas ni tratamientos terapéuticos aprobados por la ciencia médica.
Los equipos de respuesta en las zonas afectadas enfrentan un panorama sumamente adverso debido a la falta de suministros médicos básicos, la escasez de personal especializado en manejo de epidemias y las graves dificultades de infraestructura para acceder a los hospitales en las regiones más alejadas. Esta carencia de recursos limita la capacidad de aislamiento de los pacientes y eleva el riesgo de contagio entre el mismo personal de salud.
A este complicado escenario técnico se suma un fuerte factor social, pues las brigadas de salud que intentan rastrear las cadenas de contagio se han topado con un muro de miedo, mitos y profunda desconfianza por parte de la población civil. Este rechazo comunitario está provocando que muchas familias oculten a sus enfermos en las viviendas, lo que dificulta enormemente la detección oportuna de nuevos casos y acelera de forma silenciosa la propagación de esta mortal enfermedad en varias comunidades.